Desde la Sociedad Andaluza de Geriatría y Gerontología, queremos reclamar el papel relevante que el médico especialista en Geriatría puede tener en la atención del paciente con Alzheimer, en el Día Mundial de dicha enfermedad. Se trata de la causa más frecuente de demencias y de una enfermedad neurodegenerativa, crónica, progresiva e incurable, que afecta inicialmente a las funciones cognitivas, discapacitando progresivamente al enfermo, con aparición de múltiples complicaciones durante la evolución de la misma.

En sus fases iniciales son los médicos de familia los primeros habitualmente en detectar el problema de los fallos de memoria, desorientación y otras funciones cognitivas; y los neurólogos los responsables de confirmar el diagnóstico e iniciar el tratamiento para frenar la evolución del proceso.

Pero durante el curso evolutivo, el Alzheimer es una enfermedad que genera muchos problemas, tanto al paciente como a su familia y cuidadores. Problemas de índole psiquiátrico como alucinaciones, delirios, agresividad, depresión, insomnio, deambulación errática u otros trastornos de conducta; y problemas médicos, ya que no hay dos pacientes iguales, y por la edad avanzada de aparición son frecuente las comorbilidades: otras enfermedades que aparecen, como la hipertensión, diabetes, cardiopatía, bronquitis crónica, artrosis,  etc. Dichas enfermedades requieren tratamientos que a veces son difíciles de administrar, ya que se niegan a que le pinchen insulina, no saben ni se dejan administrar broncodilatadores, escupen los medicamentos, se arrancan los parches, etc.

Son los cuidadores los que sufren la gran dificultad que supone el manejo de esta enfermedad y todos sus problemas asociados, generándoles gran estrés y sobrecarga emocional a la familia que le atiende. Para todo ello, el geriatra es un especialista que puede ser de gran ayuda para este tipo de pacientes y sus familiares, por su visión global, conocimientos en psicogeriatría, rehabilitación y cuidados paliativos, capacidad de valoración integral, detección de problemas complejos, y trabajo en equipo multidisciplinar, junto con enfermería, trabajo social, psicología, fisioterapeuta o terapia ocupacional, para elaborar planes conjuntos de tratamientos individualizados.

Muy especialmente en la fase final de la enfermedad, donde el enfermo ya es gran dependiente, necesita ayuda en todas las actividades de la vida diaria, y aparecen complicaciones como la disfagia o dificultad para tragar, o las ulceras por presión secuelas del inmovilismo, que se pueden infectar. Debemos tomar decisiones complejas, con reflexiones éticas individualizadas, que deben centrarse en el paciente y ser consensuadas con cada familia, para conseguir su mejor calidad de vida. Evitando medidas diagnósticas o terapéuticas que no ayuden a mejorarle, así como hospitalizaciones innecesarias, pero garantizando el máximo confort hasta el final de su vida.